Como no podía ser de otra manera, mi afición a la montaña y a la poesía nacieron a la par. Lo que ocurre es que una se manifestó desde mi más tierna infancia, sin darme cuenta y la otra, la otra la fueron madurando las circunstancias y los embates del tiempo. Nací en un pueblo de montaña llamado Las Planas de Vallvidrera (Barcelona). Allí, para jugar con otros niños, tenía que bajar al valle que estaba a unos 10 kilómetros de mi casa. Por lo tanto, en muchas ocasiones me veía obligado a irme solo a caminar por los bosques que rodeaban mi hogar. Recuerdo que alguna vez sentí los alfilerazos de la soledad, del silencio… Recuerdo que alguna vez deseé tener compañeros cerca para poder jugar con ellos. Pero tampoco me obsesionaba demasiado dándole vueltas a estos pensamientos, sino que llegué a abrazarlos y  a sacarles el máximo partido posible desarrollando la fantasía. Yo creo que esa filosofía inconsciente mía, ha sido mi tabla de salvación en muchas ocasiones: “A lo que no tiene remedio, mejor sacarle el mayor partido posible.” ¿No creen? Esencialmente, eso fue lo que hice cuando estuve realizando el Servicio Militar y en otras circunstancias en las que me vi inmerso sin yo buscarlo. 

La literatura vino también como una manera de sacar provecho de la situación en la que me encontraba: “Divorciado, solo, en una ciudad que no era la mía, sin familia a mi alrededor, etcétera”. Una amiga me invitó a una tertulia literaria y, como tenía mucho tiempo libre por las tardes, me dije: ” Por qué no?” Y allí empecé a desenterrar eso que estaba dormido y que, ni en mis mejores fantasías, me hubiera podido imaginar. 

Comencé sin prestarle mucha atención, como un pasatiempo, como aquel que va a un museo o a ver una película para pasar el rato. Entonces, un día se presentó la oportunidad de asistir a un concurso literario y probé suerte: gané el primer premio de poesía. Recuerdo que recibí una carta invitándome al fallo del concurso y, al abrir la hoja que estaba plegada dentro de la carta, se cayó al suelo una tarjeta. La recogí y venía escrita a bolígrafo en la parte trasera unas palabras que decían: “Su poesía ha sido galardonada con el primer premio en el certamen del Centro Cívico Casa Blanca. Le rogamos asista al fallo.” Fue tal la impresión, que llamé a toda mi familia para darles la noticia. Era algo increíble para mí, pensar que una poesía que había salido de mis manos era la mejor, algo para lo que yo pensaba que no estaba cualificado. Pensar que al concurso se había presentado cientos de personas más preparadas que yo y que la mía había sido seleccionada entre tanta gente, era algo increíble. No sé si se podrán hacer una idea de lo que aquello significó para mí: de alguna manera, este reconocimiento suponía la reparación de mi maltrecha autoestima. Bueno, después de este premio vinieron muchos más y, aunque también me alegraron muchísimo, las cotas de alegría a las que llegué en aquellos momentos, no fueron lo mismo. De momento tengo publicados tres libros: uno de ellos es de cuentos, otro de artículos y el último es de poesías. De los cuales me siento muy satisfecho. 

Venancio Rodríguez Sanz


LEER POESÍA ES MUY PELIGROSO

Mi libro de poesías y yo íbamos de la mano por la calle. Al llegar a la plaza Sanz Briz, nos sentamos y tuvimos sexo: él era él, yo era ella. Cogí su cuerpo entre mis manos y lo abracé. Él se dejaba hacer. Con avidez froté mi órgano en sus versos. Mi boca humedecía sus líneas. Mis ojos lamían la comisura de sus estrofas. A cada jadeo, le correspondía una caricia. A cada suspiro, un beso. Y así nos atornillamos hasta desfallecer. Con profusión nuestras salivas se mezclaban. Nuestros jugos se confundían. No era mi intención, pero, al terminar de saciar mi sed, sentí que había quedado preñada. Rompí aguas por el camino: me puse perdida. Y al llegar a casa, con urgencia me tendí en el ordenador. Me abrí de piernas. Y con dolor parí una hermosa niña. Le puse por nombre “Un faro en mi iceberg”. Y aquí os la presento, decía así:” Tengo en mi corazón un Iceberg/ de grandes dimensiones. / Con el deshielo se desprendió/ con gran estruendo de un glaciar/ que tengo en mi Polo Norte/ y desde entonces, / según lo empuja mis mareas, / vaga de aquí para allá/ como si fuera un pobre mendigo. / Como dentro de mí/ siempre reina la noche, / a pesar de que las olas/ de mis zozobras chocan/ continuamente contra su base, / existe la posibilidad/ de que alguien, / inadvertidamente, / pueda colisionar contra él. / Por eso he querido enclavar/ este faro en la cúspide/ de mi montaña helada, / como aviso a navegantes / las 24 horas del día, / para que, con su luz, / lo puedan ver”. ¡Es tan bonita! ¿A que sí?

  “Si deseas un ejemplar de mi libro, llama al teléfono 976411034, o al correo: ven.aro@hotmail.com“. Gracias   

 

OBRA

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