GRAN PRIX

En la década de los 50, de 1900, en mi barrio, al norte de Barcelona, habían pocos juguetes, los niños nos apañábamos con los clásicos juegos de temporada, galdufas ( peonzas ), cromos, chapas de botellas, bolas ( canicas ) etc… etc…

Casi siempre eran juegos de calle, en la casa se jugaba poco, a lo más, se entraba para escuchar los cuentos radiados, como TAMBOR, o CASCABEL, patrocinados por la casa de las mantas.

Por cierto, nunca pude enterarme de quién programaba los periodos de juegos, pero el caso es que, cuando se jugaba a la galdufa, todos jugábamos a lo mismo, cuando era el tiempo de bolas igual.

El juego de bolas estaba universalizado, quiero decir que no había variantes, siempre lo mismo, se hacía un agujero en el suelo y le llamábamos gua, a continuación se escogía el turno de tirar y se comenzaba con la letanía, chiva , buen pie, tute y gua.

El premio o la penalización por ganar o perder eran las mismas bolas con las que jugábamos.

En aquel tiempo de escasez, habían bolas hechas de yeso, tenían atractivos colores, pero a medio juego se partían por la mitad.

En el momento actual, sería difícil hacer un gua, porque las calles asfaltadas no lo permiten y los niños ya no juegan en la calle.

Uno de mis juegos favoritos, en solitario, era el de formar trenes. Buscaba por las basuras latas de sardinas y de atún, unas ovaladas, otras más bien rectangulares y con un clavo y una piedra les hacía una perforación en cada extremo, seguidamente ataba una con otra hasta formar un tren de cuatro o cinco latas. Como que el suelo era de tierra, al arrastrar mis latas cargadas, formaban un trazado como de carretera, me pasaba las horas cargando y descargando los vagones, en no sé qué sueños ferroviarios.

Entretanto las niñas  se entretenían con juegos como la comba, la charranca, los cromets y juegos parecidos, ellas a veces cantaban, al tiempo de saltar a la cuerda, soy la reina de los mares y ustedes lo van a ver , tiro mi pañuelo al suelo y lo vuelvo a recoger……

Niños y niñas no se mezclaban en los juegos, estaba mal visto, cada sexo con su grupo, a los niños les ofendía que se les comparara con las niñas, el que se arrimaba mucho a las niñas para jugar con ellas, se le llamaba faldilletas, en cuanto a llorar, ni se te ocurriera, perdías automáticamente todo el prestigio entre tus compañeros.

La separación de sexos era tan acusada, que en mi colegio, Academia Roquetas, el dueño y director de este centro, hacía salir primero a las niñas y quince minutos después salían los chicos, las chicas que se entretenían para  conversar con los chicos eran puestas en entredicho.

En aquellos tiempos, el paseo Valldaura, no era una calle como ahora, era más bien una carretera de tipo industrial, la Harry Walker, la Hispano Willers y la Ideal Plástica Flor eran fábricas de producción , el firme estaba asfaltado pero no era tan popular como la calle Argullós.

La calle Argullós con fuerte pendiente, montaña – mar, era un tipo de calle ideal para los descensos en patinete de rodamientos , ahí se celebraban las mejores carreras descendentes, era nuestro Gran Prix.

Con patinetes de dos y tres ruedas, hechos con rodamientos y cuatro maderas mal clavadas , bajábamos desde la Vía Julia, a toda velocidad y por medio de la calle, hasta la curva de la muerte, que era un giro muy violento al pasar junto a la iglesia de Santa Engracia ( lo que ahora sería el cruce con Pablo Iglesias), los que lograban superar el giro, encaraban el último tramo de Argullós , hasta la fuente de Canyellas, donde generalmente parábamos para beber agua y ahí dábamos por terminada la bajada, acercarse al puente del Dragón era muy peligroso, porque los vehículos que subían desde San Andrés hacia el barrio, no tenían mucha visibilidad y además aceleraban para superar la fuerte pendiente que se iniciaba .

Estas tremendas máquinas ( los patinetes ) eran siempre autoconstruidos, básicamente  consistían en dos o tres rodamientos, muy escasos por cierto, que conseguíamos dando la lata en los talleres de automóviles de la zona y algunas pocas maderas , recicladas unidas con clavos y que a veces se desmontaban en plena bajada.

El modelo de tres ruedas te obligaba a viajar arrodillado, con el cuerpo hacia adelante y manejando el timón de dirección con las manos, había que procurarse un tornillo con su tuerca, para que sirviera como eje de giro, casi siempre se aprovechaban los tornillos de tensar los somieres.

El de dos ruedas era algo más simple de construir, constaba de dos cuerpos, unidos entre sí por un pasador que atravesaba los cáncamos fijados en ambos cuerpos. Este mecanismo servía de unión y de eje de giro.

Algunos patinetes de dos ruedas introducían una variante que consistía en añadirle dos maderas y formar una especie de asiento, esta comodidad no se generalizaba porque si bien era cómodo para descender, no lo era tanto para empujar cuesta arriba.

Todo este panorama ocurría allá por el año 1957, yo tenía 12 años y me faltaban dos para entrar como aprendiz de mecánico a los 14 años, cuando eso se produjo ya dejé la infancia y comencé a aportar dinero a mi familia

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