DESPUÉS

Perdiste tu gran amor.

Me dijiste que aquel dolor lo desahogaste llorando sin parar durante días.

Aquél desconsuelo fue cediendo dejando al cabo del tiempo el corazón aliviado, también agotado, después sereno , fuiste comprendiendo que uno, solo, no puede completar un proyecto  amoroso.

Se impuso aceptar, que el amor es cosa de dos.

Y lo dejaste marchar, soltaste la rienda, cortaste el hilo de oro por el que te mantenías unida.

Tuvimos otro encuentro pasado un tiempo, otra charla, volviendo al asunto me comentaste que aquel dolor, fue un dolor húmedo que rebosó en un mar de lágrimas.

Sin embargo contra todo pronóstico te volviste a enamorar, ¡locamente!

Tampoco salió ¡bien!.

Los comparabas, describías éste como un dolor seco.

Profundo, que te agarraba las entrañas, un dolor que amordazabas, que inhibías, que preferías ocultarte.

Decías que te veías en el centro de un gran vacío, inmóvil en una cuerda floja, sobre un profundo precipicio.

Mi empatía, mi compañía, mi comprensión, mi incondicionalidad no traspasaban ese vacío.

Decías que eras tú, te sentías aislada de todo, no podías llegar a mi.

Yo no te veía mal, parecía que lo llevabas bien, ¡incluso!.

Me explicaste que sobreactuabas, que te sobreponías a la gran tristeza que adivinabas en lo más hondo de ti.

No querías pararte y mirarla.

No mirarla, te salvaba.

Y la mueca de sonrisa siempre delante, permanente, que ante el espejo te imponías incluso en la intimidad… fue otro recurso que te salvó.

Decías que aún no comprendías que pasó, porqué se acabó, que tenías tantas preguntas sin respuesta…

Ese amor parecía correspondido,  era tu admiración, tu desvelo, tu inspiración, un sueño vivo y vivido al momento, y que inesperadamente te viste sin el.

«Viví como si todo hubiera sido un sueño y de pronto despertara, o un regalo que me hicieron y que extravié».

Y después de aquel entonces, recordando todo esto, te pregunto:

«¿Aprendiste algo por lo menos, ves ahora algo positivo… pasado el tiempo?».

«Si, ahora veo que cerré los ojos a la realidad, que mi deseo de amar, era más fuerte que el discernimiento, mas fuerte que lo que tenía delante y no quería mirar, solo creí en lo que deseaba ver. Ahora lo sé».

La vida me advertía, los hechos estaban claros, pero… no la escuché, no quería ver, no la quise creer.

No fue el destino, no, fueron decisiones mal tomadas, ese fue mi error.

No me volverá a pasar.

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