Cuento navideño que no acaba bien

Es sabido por todo el mundo, que las historias navideñas, tienen la particularidad de ser sensibleras o si se quiere, sentimentales, suelen ser tiernas y dejar en la boca ese sabor agridulce que nos pone en paz, a cada cual consigo mismo y con la humanidad en general.

La historia que nos trae al caso, ocurrió al final del año del señor de 195, era una época de bastante miseria, económica por supuesto y porque no decirlo también de miseria mental, la pobreza se podía palpar.

Cuando en la casa se mataba un conejo era porque se celebraba algo especial, la piel del animal se guardaba celosamente a la espera del trashumante que te cambiaba el pellejo por media docena de vasos de barro, un lebrillo, una jofaina o cualquier cosa equivalente.

El mismo individuo trajinaba un jumento cargado de loza, que cambiaba por alpargatas, tabaco o cualquier otro producto que fuese de tu interés. También circulaba papel moneda, pero se usaba poco, para esos cambalaches se prefería el trueque.

En aquel tiempo, con nueve años, el colmo de la felicidad era seguir los capítulos que día a día nos hacían vivir las trepidantes aventuras que daban por la radio, este aparato se mostraba como algo mágico, con sus dos botones, uno para buscar la emisora y el otro para ajustar el sonido.

Como que aún no era época de transistores, los aparatos andaban con lámparas que tardaban un buen rato en alcanzar la temperatura de funcionamiento.

Las novelas radiadas tenían legión de seguidoras, que sufrían junto a la protagonista de turno, los avatares casi siempre desgraciados que la vida le iba deparando. Las series como UN ARRABAL JUNTO AL CIELO o bien AMA ROSA, tuvieron tanto éxito que se convirtieron en obras teatrales.

En estas novelas radiadas se lloraba tanto que las buenas personas olvidaban su propio llanto, para solidarizarse con el llanto ajeno.

Pero la historia que me tenía absorbido, no tenía nada que ver con los dramas lacrimógenos , lo mío era la primera aventura espacial que había llegado a mi conocimiento, la Tierra estaba amenazada por seres de otros mundos que querían colonizarnos y reducirnos a esclavos, menos mal que en nuestra defensa había un hombre muy machote que nos protegía, bueno en realidad  habían varios hombres machotes, pero el machote principal era Diego Valor, su lucha contra los invasores de otros planetas no tenía descanso, luchaba sobre todo contra un personaje de otro mundo que se llamaba Mekong y era jefe de los Viganes, este enemigo era fácil de identificar porque era de color verde, con las orejas muy puntiagudas algo pegadas a la cabeza  y sobre todo tenía muy mal carácter.

El guionista de esta serie, nos daba unos pocos elementos sonoros, que nos hacían volar la imaginación, las sillas voladoras pasaban raudas por nuestro lado, al mismo tiempo que las pistolas lanzaban sus rayos mortales o solamente paralizantes según conviniera al que disparaba, pero lo que realmente flipaban eran los intercomunicadores, se llamaban Walky Talky o algo parecido, estaban hechos de Persiglás que fue uno de los primeros plásticos que se conocieron.

Este instrumento de comunicación, resumía en sí mismo toda la magia de las galaxias, poseerlo te colocaba en la cresta de la ola, era la puerta de entrada hacia otra dimensión.

El objeto en si mismo era una puta mierda, se trataba  de dos trozos de plástico con forma de pistola, unidos ambos por un pedazo de cordel, que una vez tenso, era capaz de transmitir  las vibraciones de la voz de un lado para otro, el máximo goce de tan sofisticado instrumento, lo procuraba la ilusión de que aquello funcionaba.

Pues bien, en la tienda de comestibles de mi barrio, cal Vicente para los clientes, envuelto en una caja de cartón de vivos colores, se vendían esos tesoros para los afortunados que quisieran tirar las pocas pesetas que valía tal cachivache.

La información de que mi madre había pedido precio del objeto de deseo (esto me lo chivó un amiguete que en aquel momento estaba en la tienda)

Este conocimiento cayó en mi mente como el agua de lluvia que cae después de una sequía prolongada, disparó de golpe todas las ilusiones, contenidas, ya ni era necesario que todo aquello se consumara, en mi imaginación me veía comunicándome  con mi hermana pequeña compañera de juegos de solamente un año menor que yo. Ella era Kira la heroína compañera del Diego Valor que era el nuevo nombre de Manolito López.

Esta ilusión permaneció en mi mente todos y cada uno de los días que faltaban para la noche de reyes, la cosa no tenía fundamento porque a mí nunca me había hecho un regalo de jugar, eso sí se aprovechaban estas fechas para comprarme y no siempre de alguna prenda de vestir.

Total que el día señalado para el acontecimiento, me dirijo al cuarto de mis padres y con la mirada busco donde puede estar oculto el objeto de mi deseo, mi madre que observaba la maniobra me dice en tono de complicidad, – En la mesilla, está en la mesilla, abro el cajón de la mesilla de noche y allí envuelto en un papel de celofán aparece una preciosa bufanda de vivos colores, me cago en mi estampa mil veces seguidas, mi decepción  me coloca al borde del llanto, pero es cosa sabida que los hombres no deben llorar, eso queda para las niñas o para los seres débiles.

En fin que me quedé tan chascado que no supe que decir, apenas con un hilo de voz, gracias mamá es una bufanda muy bonita y me estaba haciendo falta para este invierno.

A continuación Diego Valor dio media vuelta y con el aplomo que lo caracteriza dijo a sus padres, – me vuelvo a la cama porque aún es muy temprano, pero por lo bajini salió murmurando – a lo mejor consigo seguir soñando con mi última aventura, a lo mejor lo consigo.

 

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