UN PASEO POR LA SIERRA DE BONÉS

Me desencuentro en el valle de Arguís. La Aurora pasó el mocho y un trapo húmedo a todo: habrá que tener cuidado de no resbalar. Él no lo sabe, pero al sol se le ven sus orejotas por el horizonte. Monrepós se despereza y empezamos a caminar de puntillas. Acaban de poner las casas en el pueblo, se nota porque se puede ver algún andamio. Traspasamos la carretera vieja de Monrepós y nos izamos por un plateresco mástil hacia la ermita de Santa Magdalena. Mientras nos vamos despegando del valle, el viento del Norte nos trae refrescos. Al llegar al vértice de la Sierra, miramos para atrás y nos quedamos salados. A partir de aquí nos zambullimos en un mar de hayas, bojes, pinos, carrascas y creo que, de secuoyas, baobads, credros, dragos y alerces, ¿puede ser?… Por cierto: no es vanidad, pero, en nuestro honor, los árboles instalaron su mejor alfombra de hojas rojas, ¡qué detalle! También la Magdalena se puso su traje de domingo para nosotros, ¡estaba tan bonita! Después fuimos al parto del Flumen y se nos apareció la Virgen en un árbol: nos dijo que anduviésemos en silencio para no molestar a los animales, al río y al bosque. Más tarde regresamos por la circular y al llegar a la cresta, contuvimos la respiración: nos comíamos la bajada con cucharilla, y nos embebíamos el paisaje para postergar el final. Nos acantilamos en un roquedal y suspiramos, estábamos enamorados de la señora Bonés. Y con una cerveza al lado de la iglesia de Arguís rubricamos la excursión, prometiéndonos volver. ¡Ay!

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