LÚSERA, ROLDÁN Y DURANDARTE

 

La Iglesia de San Miguel en Lúsera (Huesca), se acaba de levantar. Por zonas se lavó toda entera y a todo el valle salpicó. Entonces, será que son las 9 de la mañana porque todo está empapado: los árboles, las montañas, las rocas, las paredes el musgo y los arbustos destilan agua gota a gota… Aparcamos los coches en la curva donde comienza el sendero hacia la presa de Cienfuens. Nos ponemos a caminar hacia el dolmen de Belsué y después, si todo va bien, iremos al Salto de Roldán y subiremos a la ermita de San Miguel. Camino lento, sintiendo el crujir de las hojas secas y el mullido y mojado suelo bajo mis pies. Y el rezumar del monte y el trinar de los pájaros y el fluir del Flumen y el murmullo de mis amigos que alegremente ríen y charlan detrás mí. Todo está húmedo menos el embalse de Belsué que está seco. Mientras en silencio, con el monte voy conversando para mis adentros… Sin miramientos herimos a la presa de Cienfuens. Ensartamos de un tajo varios túneles a la vez y tiramos hacia adelante bajo un techo hecho de ramas y un suelo forrado de espejos. Dentro del barranco, en secreto, se oye al Flumen saltar y reír. Y las inconsecuentes montañas, zarandean sus piernas sin depilar hacia el cielo, dejando ver sin pudor, su tupida piel de bosques plenos. Arracimadas, tres tristes rocas sobre un cerro muestran un primitivo entierro. Desde aquí se puede entrever dando su épico salto al caballo de Roldán, con Durandarte en su puño blandiendo el viento, para escapar de los terribles sarracenos.

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