VIAJE AL CUBO DE ALCAINE

 

Temprano salí de Obón (Teruel) hacia Alcaine siguiendo el curso del río Martín. Al llegar a un collado, lo vi allá apostado sobre un formidable peñasco. Igual que un águila vigilando su ámbito: las alas bien abiertas, prestas para partir volando. Sus plumas eran de vivos colores. Como cola de caballo su estilizado cuerpo. Desde su atalaya oteaba el horizonte: los montes, el embalse de la Cueva Foradada, Los Estrechos del río Martín… Al llegar a su vera, rodeé aquel risco y derecho fui al río Radón para hacer la Cascada del Cubo. Dos Hércules fuertemente armados guardaban su entrada. Corrientemente, el río riega los pies del pueblo, aunque en esta época del año permanecía petrificado. Con regular métrica, su prosa poética persistía en estar compuesta de cantos rodados, no cantaban, desperdigadas yacían por el áspero lecho. Yo ascendía por el cauce del río brincando de verso en verso. Tras recitar múltiples poemas equipados, penetré en las oscuras fauces del inmóvil barranco. De su garganta se descolgaba 20 metros de agua para desaguar en un cesto. Me tendí un rato en el terreno para captar el tremendo anfiteatro. Después de esto, descendí por sus rocas, ferratas, sirgas y pasarelas y subiendo por un sendero, llegué a la carretera. Arriándome por ella arribé a Alcaine por arriba. Para festejar la gesta, ingerí una jarra de cerveza bien gélida en la plaza del pueblo. Y después trabé la vía de vuelta mientras iba cavilando: “‘¡Qué bonito día he tenido! Haber visitado tan bello pueblo en un entorno tan venturoso!”

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