CASARSE EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS

Érase una vez un camino hipotético. Érase que se era una senda ficticia, llena de rosas artificiales, de margaritas engañosas y de mariposas fingidas. En la orilla derecha, corría un río de aguas esmeraldas en el que nadaban, felizmente, multitud de irreales pececillos. En la orilla izquierda, una falsa pradera con inconcebibles ovejitas pastando por aquí y por allá. A lo lejos se divisaba una vida de dibujos animados carente de problemas, plena de salud, dinero y amor.  A recorrer este infantil sendero se apresuraban infinidad de soñadoras parejas, prestas a iniciar una vida de manual de Dale Carnegie. A medida que pasaban los años, en ocasiones el camino se tornaba cuesta. La cuesta en un pedregal. El pedregal en cresta. Y la cresta en pico. Los que llevaban zapatos de charol tiraban la toalla en las primeras subidas. Les seguían los de zapatos de tacón en el pedregal. Más adelante los de la alpargata abandonaban en la cresta. Solo los que llevaban botas de montaña conseguían hollar la cumbre. Estos bajaban al valle contiguo agotados y maltrechos tras superar infinidad de pruebas. Pero, a sabiendas de que el recorrido que les quedaba estaría lleno de trampas, abismos y desiertos; no sabían cómo, pero estaban decididos a sobreponerse a cualquier obstáculo que el camino les pudiera deparar. Y así lo hicieron, Al llegar a la meta, se miraban todos a los ojos, suspiraban y se decían:” Prueba conseguida”. Y, colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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