UNA EXTRAÑA PAREJA

Soy feo, feo fuera de lo común.

Sé que lo piensan todos, lo sé, porque soy muy feo.

Crecí sin amigos, mis padres me protegieron (quizás) en exceso, de miradas curiosas, bromas, desplantes.

Lo que me hizo retraído, casi miedoso… de la gente.

Ya en mis años escolares, me aislaba de los demás, me sentía más cómodo solo, nadie me llamó, ni se acercó nunca 10m. para decirme algo así: «eh tú, ¿juegas?

Tengo el rostro de pirámide invertida, además asimétrico, expresa dos cosas a la vez, media cara, es de sorpresa, la otra media, de tristeza, la nariz fina y respingona se inclina demasiado hacia la primera… de niño me entretenía a ratos en el espejo tapándomela a medias.

Crecí demasiado rápido, tengo un pierna un poco más corta que la otra, casi no se me nota, y mi espalda se resintió curvándose.

Flaco, desgarbado, paliducho y ya con poco pelo, me centré en estudiar, a nada más podía aspirar.


Yo soy fea, así me sentí desde que empecé a jugar con muñecas.

Tengo unos pequeños ojillos que no parecen expresar nada, en una cara tan redonda, como una manzana.

Nunca pregunté a mamá, si de mayor sería bonita. Que no, ya lo sabía yo.

Los primeros años los ocupé comparándome, con niñas poco agraciadas, y siempre les ganaba.

Los espejos y fotografías las odiaba.

Vinieron los cambios, los granitos, las rojeces, y empecé a redondearme… me quedé bajita.

Mis caderas, mis mulos, mi cuello, mis brazos… todo se duplicó, preferí no tener amigas, aunque mis padres insistían, sola estaba más tranquila.

Años interminables que opté por leer.


Una tarde de septiembre, esperando que abrieran la taquilla del cine, en la fila, me sentí observada…

Detrás de mi, un varón.

En aquella espera, nuestras miradas al acecho se cruzaron.

En aquella espera, nuestras miradas un momento se detuvieron.

En aquella espera, nuestras miradas al fin se fijaron.

Y él con educación me preguntó: « perdone señorita, de toda la cartelera, ¿qué película la será la mejor?

Y así sencillamente, entramos en conversación.

Abrieron las taquillas, y me propuso optar por la siguiente sesión.

«¿Porqué no pasear en lo mejor de la tarde, si usted me acepta un helado?»

Y dije «sí» para mi sorpresa.

Se pasó el tiempo sin sentir, y la sesión se pasó.

Me sentía por momentos tan a gusto con aquel desgarbado, paliducho…!

Al atardecer me propuso otra invitación, la adiviné de antemano.

Ya éramos cómplices y accedí.

Subimos a la habitación, oscurecía, sentados en la cama, mutuamente, nos desvestimos despacio, y apagó la luz.

Sentí su tacto delicado en mi piel. Sentí la suya suave, aseada.

Sentí nuestras manos atentas, recorrieron esos caminos y ondulaciones que el cuerpo tiene.

Abrió la cama… en aquellas frescas y blancas sábanas, se fundieron dos solitarios en un abrazo.

Me sentí por primera vez bonita.

Nuestras palabras eran caricias.

Sentimos dulzura en el corazón, la ternura que da la compasión.

Nos salvaron las lágrimas, durante años ahogadas, al vivir aquel milagro que los dos prolongábamos.

Dulcemente me besó, respondí.

Y algo nuevo, distinto, nos cautivó.

Me dijo: «el mundo no parará de girar, pero juntos detenemos el Tiempo, y por ello, no te dejaré jamás».

Y yo, también lo sentí así.

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