PASEANDO POR TOSOS

Como una pepita de oro, Tosos (Zaragoza) está en el fondo de un barranco. Descansa arropado por racimos de cerros concurridos de robustos pinos. La corriente lo arrancó de un tajo y arrastrando se lo atrajo hasta allá abajo desde la margen izquierda de la ermita del Santo. Lo alojó en una rendija entre la Peña Chiquita y la Peña Tajada y allí se quedó descansando. No se lo digan, pero, el otro día me di cuenta de que el Huerva lo ama porque, al pasar, siempre aprovecha un descuido de éste para hacerle caricias, puliéndole así sus sonrosadas mejillas. ¡ay, el amor! En fin, es un placer pasear por sus calladas calles, por la frondosa ribera de su río, por sus caminos… Y nos asombramos bajo la sombra de sus sauces llorones al contemplar su bello paisaje, su Casaza en la cima de un risco, su derruido Castillo de Alcañidejo, su Iglesia de Santa María la Mayor, Santa Bárbara, su nevera… Después de esto nos deslizamos hacia el embalse de las Torcas mientras besamos la orilla de los húmedos labios del Huerva. Bajo un cielo trenzado de ramas en la víspera de cubrirse de pétalos, andamos custodiados por huertas recubiertas de puertas abiertas. Dentro de las cuales, los almendros, manzanos, perales y otros vegetales estaban en celo y las abejas lo sabían y los cortejaban y los árboles les decían cosas dulces y ellas se relamían, y zumbaban y libaban mientras el campo estallaba de júbilo. El aire estaba callado, no decía nada, luego el embalse era un espejo donde todo se reflejaba, incluso la calma.

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